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Periódico de distribución gratuita. Año xx - N° 497 - JULIO 2017

A veces hay que sacrificar al chancho.

Política

2017-07-14 | Fue doloroso sacrificar los chanchos de los vecinos de Barrio Oncativo. Era su sustento, su fuente laboral, conmovía escucharlos defender su trabajo, sin embargo, para evitar un mal mayor, que un ciudadano se enferme de triquinosis, se decidió secuestrarlos y sacrificarlos. Luego, dialogar con sus dueños para ver cómo seguir con la historia y mejorar sus condiciones de vida.

En el caso de Emilio Simón se tomó una decisión distinta, nadie quiere sacrificar al chancho. Sus explicaciones jurídicas afirmando que no es el dueño de Barcelona sino que cedió sus acciones a su novia cuando intuyó que podía acceder al gobierno, no alcanzaron para aplacar la opinión de los ciudadanos. Sin embargo el gobierno decidió sostenerlo durante 13 días, intentando justificar el escándalo por un supuesto operativo político o conspiración periodística, ideada milimétricamente para que explotara la misma semana en que el gobierno de Juan Manuel Llamosas cumplía un año de gestión. Así se suponía que los periodistas de distintos medios de la ciudad, sin ponerse de acuerdo entre ellos, se daban el gran gustazo de escupirle el asado al intendente.


Los compañeros


A la hora de los bifes, cuando se le preguntaba a los dirigentes y funcionarios del justicialismo qué opinaban sobre el tema, los más osados balbuceaban alguna respuesta con argumentos tales como por qué los periodistas no denunciaron irregularidades de gobiernos anteriores y se ensañaban con Simón. Primero vale decir que sí se denunciaron y hasta se judicializaron. Segundo, sino se denunció más es porque no había elementos suficientes para hacerlo.

Pero volvamos al chancho. Nadie respondió que lo conocido públicamente eran mentiras. Al contrario. “Yo sabía que Barcelona era del Turco pero no que era proveedor”, o viceversa “yo sabía que Barcelona era proveedor pero no que era de Simón”. Y así, entre el silencio, los balbuceos, los reconocimientos a medias, las culpas a los periodistas y denuncias más graves que nunca se hicieron, el chancho iba ensuciando todo lo que tocaba.

Si era una operación política, habría que gritar a los cuatro vientos que lo que se afirmaba en los medios de comunicación era mentira. Si era una operación de prensa, había que gritar más fuerte, porque ningún periodista va a replicar una noticia de estas características sin chequearla.

Los funcionarios consultados afirmaban que ellos no hubiesen hecho lo que hizo Simón, sin embargo, lo justificaban desde el punto de vista jurídico. Si alguien pensaba otra cosa que rozara lo ético, era problema de quien lo pensara.

Los periodistas no bajan funcionarios, a veces los funcionarios hacen las cosas mal y los periodistas lo publican.

A nadie se le ocurrió decirle, en confianza, “Turco, estuvimos 12 años para recuperar la intendencia, y ahora que queremos hablar de la Planta de Tratamiento, de las 125 casas que entregamos, de las calles pavimentadas, tenemos que bancarnos que nos cuestionen por tu torpeza, por tu avaricia, por tu egoísmo. En síntesis, nos tiraste a todos en el mismo chiquero”.

Al cuestionamiento ético y moral -y seguramente también legal que se le hace a Simón, también hay que sumarle el egoísmo político que lo ha caracterizado en esta situación, suponiendo que él también cree en el proyecto de gobierno de Juan Manuel Llamosas y de sus compañeros de trabajar por una ciudad mejor. ¿Y la transparencia? En un chiquero no hay transparencia. Y para limpiarlo hay que sacrificar al chancho.