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Periódico de distribución gratuita. Año 520 - N° 520 - JUNIO 2018

Carlitos Amedey, Mucho, Poco, Nada que Ver

La Entrevista

2017-11-13 | Hace 70 años que Carlitos Amedey viene saltando barreras sociales.

Ahora le tocaron las físicas. También las salta. Tiene Parkinson.

Sólo pide un poquito de ayuda, que le pinten de amarillo el cordón de la vereda para que la ambulancia o el taxi puedan estacionar cada vez que lo van a buscar para realizar alguno de los tantos tratamientos de rehabilitación a los que se debe someter.

En realidad ese es el motivo de la entrevista –necesita que el municipio le permita pintar de amarillo el cordón del frente de su casa pero la charla va derivando en recordar un pasado que justifica este presente.

Tuvo que saltar barreras desde que aprendió a caminar, en el secundario, en la familia, en los boliches, en la universidad, en la dictadura, cada vez que caminaba por la calle. Es que Carlitos era gay cuando a los gays se los consideraba enfermos, putitos, mariquitas, mujercitas, trolos, putetes, comilones, y de paso, alguno de esos que se creían súper machotes le daba alguna paliza por diversión.

Carlitos Amedey tuvo que vivir muchos años con la culpa de ser lo que era, porque muchos le decían que lo que él era, estaba mal.

Vive en la casa paterna de Sobre Monte 1515. Hoy está en silla de ruedas. De día lo acompañan dos jóvenes porque ya no puede estar solo. Se resistió a irse a un geriátrico, pese a que tiene unos amigos que tienen un lugar muy lindo para vivir.

-Decidí quedarme en casa aunque todavía sigo discutiendo con algunos primos. El único primo que me queda de los Amedey es el más homofóbico de la familia así que no nos damos ni tronco de bola, fue el que tenía muchas ganas de que me fuera a vivir a otro lado porque me consideraba una mancha para la familia. Mi papá le decía, si Carlitos quiere se va a quedar a vivir acá porque tiene todo el apoyo de la familia.

En cambio la otra rama de la familia, los Pilichody, es con la que nos juntamos siempre. Y después tengo la otra familia, que no es sanguínea pero es la del corazón, que son los amigos, soy muy amiguero. Hay momentos que me gusta estar solo y ponerme a leer pero hay otros momentos en que me agarra un ataque de sociabilización y me junto.

Tengo muchos amigos. Además tengo gente del negocio que ha quedado en el recuerdo.

Cada vez que salgo me encuentro con alguien al que le vendí un vestido. Es reconfortante salir y encontrarse con gente que tenga un recuerdo tan lindo y cariñoso. Ese boliche me llenó de satisfacciones.

-¿Cómo se siente hoy con este nuevo cuerpo después de haber llevado la vida que llevaba?

-Y me he ido amoldando. He sido bastante dúctil en ese sentido, me fui adaptando de a poco. Hay momentos en que uno se retira y se encierra para pensar cómo enfrentar las nuevas situaciones y me quedaba en casa, disfrutando el cine. Y así me fui tranquilizando. No me ha costado grandes sacrificios. He ido asumiendo el nuevo cuerpo sin deprimirme. Me asusté un poco cuando comencé a sentir los síntomas de la enfermedad, y al principio no la aceptaba. Pero fíjate que nunca le he tenido miedo a nada, de hecho cuando me dijeron que tenía cáncer de próstata lo tomé como una cosita más. Pero cuando la psiquiatra me dijo que tenía que tener una persona metida en casa para que me acompañara me agarró un ataque porque pensé que se me empezaba a joder mi libertad.

-¿Es para tanto?
-Sabes qué pasa, toda mi vida fui muy independiente así que el hecho de que entrara una persona en casa me parecía tener un intruso. Pero bueno, lo pensé y lo acepté. Pero hay cosas que me cuestan un poquito.

-Es que todo es un proceso nuevo.
-Sí, pero hay que llevarlo con optimismo. Yo soy un agradecido al universo por la vida que tuve y que tengo. Te podría decir con seguridad que estoy pasando la época más feliz de mi vida, porque estoy pleno, contento. La vida nunca se cansa de enseñarte, mi papá decía
‘mirá Carlitos la vida es la mejor escuela’. Y yo he tomado todos los recuerdos mi viejo.

-El único problema que tiene es el estacionamiento
-Sí, ése es el único problema.

-Tuvo una relación muy unida con sus padres y es hijo único
-Sí. Anduve viviendo por Córdoba, Buenos Aires y Brasil hasta que sentí que mis padres estaban grandes y me instalé en Río Cuarto. Papá estuvo muchos años muy enfermo, estaba mamá con quien se amaron hasta el último momento. Yo los veía juntos y pensaba ¡qué felicidad! ojala que cuando yo llegue a estar así haya alguien que me de un platito de sopa, que me diga te quiero. Cuando se fue papá, mamá quedó desolada un año y se fue un 23 de diciembre mientras dormía.
Para mí fue un hachazo en la cabeza pero para ella fue la mejor partida porque días antes le había dicho a una prima, ‘tengo ganas de que para Navidad me venga a buscar el Pepe’. Entonces yo pensé que la vino a buscar a él. Cuando la fui a despertar se había ido.

-Hace sesenta años ser homosexual se vivía como un castigo ¿Cómo vivió esos años en una época donde había tanto prejuicio?
-Ahora hay mucha más conciencia. No es tema de educación sino de conciencia. Yo fui al colegio Modelo y después me pasaron al Belgrano donde tuve un percance y mi mamá me mandó a los Pías porque sus hermanos habían ido ahí. Pero tuve una adolescencia muy jodida, el cambio traumático del niño al adolescente es vital y para mí que estaba solito, que no podía confesarle a nadie lo que me sucedía era terrible porque me sentía el peor chico del mundo. Además estaba en un colegio religioso donde la religión me condenaba.
Fue una adolescencia atroz sobre todo por los compañeros.
Cuando me fui a Córdoba a estudiar Arquitectura fue una revelación porque me encontré con una pila de amigos que todavía me duran. Córdoba y mis amigos fueron mi liberación.

-¿Nadie lo juzgaba? Pero de todos modos hace pocos años que la sociedad los mira distinto, recuerdo que cuando abrió Mucho, Poco, Nada que ver eras como un bicho raro.
-Era un escándalo porque yo traía una opción nueva. Era como un libera tu mente, era ponerte lo que a vos te gustaba. Eso costó. Había gente que pasaba por la vidriera y se cagaba de risa. Yo decía, bueno, en algún momento les voy a ganar.

-¿Y les ganó?
-Qué te parece si les gané. Estoy lleno de recuerdos muy lindos en mi vida pero también de cosas que me han marcado y que tengo como un estigma, en la etapa la niñez a la adolescencia yo me preguntaba cómo puede ser que me gusten los hombres, soy un monstruo, soy un loco.

-¿Cuándo se dio cuenta de que le gustaban los hombres?
-Desde chico. Era muy chiquito, abré tenido cuatro o cinco años y ya me di cuenta de que me gustaban los chicos. Mirá que tengo memoria y me acuerdo de que siempre me gustaron los chicos. No es que uno se hace, a mí se me ocurre que nacemos así, que lo traemos en el ADN.

-Y sí, a los 4 años uno es inocente en todo sentido.
-Sí, me acuerdo que cuando íbamos al secundario los varones se vestían de negro, gris, marrón y azul marino. Ponerte un rojo era ser un puto del infierno.

-¿Y usted se ponía rojo?
-Más o menos. Los colores más osados que empezaron a aparecer era con los pulóveres escote en v, sin nada abajo, que era una cosa tremenda. Eran los chicos más adelantados y yo pensaba qué suerte que vengan estos chicos más liberales. Era muy lindo.

-¿Cómo lo trató el amor?

-Bien, aunque nunca me he enamorado por miedo. Te cuento que una vez estaba en los Pías y los chicos me desplazaban un poquito. Hasta que vino un chico de Buenos Aires con otra mentalidad y se hizo muy amigo mío. En un recreo estábamos abrazados y el rector del colegio que era un cura me llama al rectorado y me dice que no podíamos andar a los abrazos. Cuando le pregunté por qué me dice que porque podía quedar mal. Me voy. Al chico le dice semejantes cosas que no me saludó más. Pensé: qué pena, había perdido el único amigo que tenía. Creo que ese temor de perder los amores y los afectos me marcaron tanto que nunca me animé a tener pareja.
He tenido firuletes, como le digo yo, de gente muy linda pero nunca un amor. Es una asignatura pendiente.

-Hay que apurarse.
-No, creo que no es necesario. Siempre me pregunto por qué tengo que vivir con una media naranja si no me hace falta. Y una vuelta lo hablaba con la psicóloga y le digo que a mí me gusta picotear y ella me dice que no es lo mismo.

-No hay recetas para estar bien, quién dice cómo hay que vivir.

-No hay ninguna verdad escrita. Para ni era un martirio cuando me preguntaban cuándo me iba a poner de novio. Yo tenía ganas de preguntarle y con qué muchacho.

-Y ahora va a cumplir los 70
-Sí. Pero estoy bien. Con el tiempo uno va cortando esas mochilas que tiene en la vida y se siente más aliviado. He logrado ser mucho más libre gracias a poder ir cortando mochilas, de mucho peso que jodían en mi vida.

-¿Cómo qué?
-Por ejemplo la cuestión social. Esto de salir a la calle y que todo el mundo te mire me molestaba porque no deja de ser una molestia llegar a un lugar y que todos se den vuelta. La última vez que lo sentí fue en Alpa Corral hace unos diez años, fui a quedarme en la casa de unos amigos y a la tardecita me fui a Pirca a tomar un aperitivo y todos se dieron vuelta. ‘Hay’ pensé. Por suerte me encontré con un amigo, nos tomamos tres botellas de champagne y nos cagamos de risa, por supuesto.

-Ya debería estar acostumbrado a la situación que genera
-Sí, pero son estigmas, heridas que nunca se curaron, son cosas muy fuertes para mí. Cuando yo era un adolescente que estaba en formación estaba muy solo.

-¿Y su papá que le decía?
-Papá nunca decía nada porque jamás toqué el tema. Con mamá tampoco, pero sobre todo por respeto a papá. Me di cuenta que papá jamás lo iba a entender. Pero él nunca me dijo nada ni me hecho de casa. En cambio mamá siempre tuvo una mente más abierta, más dada. Cuando comenzó a conocer a mis amigos, al principio no le gustaba pero después se hizo íntima y estaba muy feliz de la gente que conocía. Después mi familia nunca me hizo nada así que viví mi vida tranquila.

-No se recibió de arquitecto
-No, me vine de Córdoba cuando empezó a desaparecer tanta gente amiga y pensé ‘el próximo soy yo’. Acá también la pase mal porque me metieron preso y me torturaron con picana eléctrica en los genitales. Fui muchas veces torturado. La policía era nefasta en esa época. Se cagaban de risa, me levantaban la capucha y me escupían y todas esas cosas terribles. Pero son cosas que las he ido superando y me he ido olvidando. Esos recuerdos no influyen en mi vida. Pero creo que hay cosas que me han afectado más, por ejemplo darle la mano a un amigo y que no te la agarrara, es horrible. Gente que me han presentado y que después te dan vuelta la cara.


Alejandra Elstein