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Periódico de distribución gratuita. Año 531 - N° 531 - NOVIEMBRE 2018

Cuando nuestros hijos crecen

Columna Pamela Brizzio

2017-12-12 | Cuando nuestros hijos crecen, nosotros, simples mortales, comenzamos a notar que los años pasan y cada día que acontece nos encuentra un poco más grandes y nostálgicos.
Los hijos son un poco de nosotros en otro cuerpo, son nuestro futuro y nuestro pasado aunados en un mismo ser. Y eso es en sí mismo mágico, incomparable, magnifico.
Hace poco más de 6 años fui mamá por primero vez, Lorenzo llegó a mi vida tomando mi alma entre sus pequeñas manos y me enamoro con sus brillantes ojos negros. Era un ser inquieto desde el primer día de su vida y aún sigue siéndolo. Su mirada lo contempla todo y se caracteriza por su intensidad en cada una de las cosas que emprende y aprende. Se apasiona con lo que disfruta y se desapasiona de lo que no le interesa. Ama y sueña con profundidad y eso es tan maravilloso como extraordinario.
Terminando su primer grado, hoy pude conversar con su maestra sobre su transcurrir en el año. Seguro a muchos de ustedes queridos amigos, les haya tocado esta misión tan emocionante como perturbadora, ya que todos los padres estamos siempre listos a hablar sobre nuestros hijos, sin embargo no es igualmente fácil escuchar a los demás hablar de ellos.
Su maestra me comentó sobre su evolución en materia académica, me habló de sus gustos y dificultades, de los aspectos en que necesita ayuda y de sus autonomías y logros. Mi corazón sin dudas se llenaba de alegría y orgullo.
Sin embargo, como supongo a muchos papas nos debe suceder, hubo algunas descripciones que me dejaron aún más enamorada de ese pequeño hombrecito que crece frente a mis ojos de manera abrupta y contundente.
“Lorenzo es el único que todos los días me da un beso al retirarse, sin importar que pase, sea como sea. Si no me saludó, es porque no vino”.
“Es tan caballero, siempre atento a ayudarme, es el primero que levanta algo que se me haya caído con urgencia y sin dudas”.
“Su mamá es lo que más le importa, cuando le hablo para estimularlo o marcarle algo le menciono a su mamá y le brillan los ojitos”.
Y cuando la maestra me despidió y pude retirarme del colegio, con el alma inundada de emoción me alegré porque alguien mas, alguien distinto de nuestra familia pudo ponerle palabras al carácter de ese hombrecito que todos los días me llena de amor.
Cuando la maestra describió así a mi Lorenzo, ya no importaba tanto si era bueno en matemáticas o si escribir le era un poco costoso. Solo importaba que ante todo es un buen niño, que respeta a sus mayores y que entiende la diferencia entre ser cortes o descortés, entre ser atento o no serlo, entre demostrar cariño o no hacerlo. Que alguien más disfruta de su beso amoroso y que soy la mamá más bendecida por el hijo que estoy acompañando a crecer.
Y todo esto me hizo pensar en lo que representamos en la vida de nuestros niños, en lo importante del acompañamiento real y del esfuerzo bien logrado.
Hay días que vuelvo tarde a casa, mi trabajo me demanda a veces más de lo que quisiera, (como seguro muchos de ustedes) y aunque lo hago con disfrute, es un tiempo menos sin mis hijos, sin mi presencia. Y lo que por momentos podría llenarme de culpa o dudas sobre mi modo de crianza, se disipa cuando un hijo te demuestra que los valores sembrados dieron frutos, que lo que hacemos por ellos es devuelto en virtud y amor.
Hoy quiero compartirles mi orgullo y mi amor por Lorenzo, como seguro ustedes sentirán por los infinitos hombrecitos y mujercitas que los llenan de orgullo y satisfacción.
Como siempre les digo amigos, abracen a sus hijos, ámenlos, cuiden a sus pequeños y no permitan que los tiempos, las obligaciones, los problemas los alejen de lo importante, porque un día los niños crecen y como yo, de repente nuestro bebé ya no usa pañales ni toma mamadera, un día el pequeño lee, escribe, suma, resta, juega con sus amigos sin necesitar nuestra asistencia y nos enseña valores y le pone el acento a lo verdaderamente importante.
Hasta la próxima!

Lic. Pamela Brizzio
MP 4925