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Periódico de distribución gratuita. Año 520 - N° 520 - JUNIO 2018

A dos años de su partida

Miradas

2018-03-02 | Todos sabemos que lo natural es nacer y morir, pero cuando a un ser querido le llega la hora, sea como fuere, parecemos no estar preparados, como si fuese algo que nunca pudiera ocurrir, como si estuviese ajeno a nuestra condición humana.
Entonces, cierto día que pasa, comienzo a pensar en por qué no disfrutamos de las personas que amamos, por qué no aprendemos de ellas, de sus sabios y simples consejos, por qué no dialogamos y las escuchamos, por qué, por qué y por qué. Muchas preguntas me hago, amigo mío; sin embargo, la conclusión está muy clara: viví con plena conciencia cada segundo que compartís con tu ser querido, disfruta cada paso de la vida que das con él, y acepta todo lo bueno y lo malo que ocurra con alegría y buen humor, porque el tiempo pasa y lo vivido no vuelve atrás.
Por eso, a veces me arrepiento de no haber gustado más de la relación con mi papá, ya sea de no haberlo hecho renegar tanto, o de haber estado más a su lado, o de no haberlo abrazado muy fuerte todos los días que vivimos, porque, viste…, éramos “machos” y los “machos” no nos expresábamos amor. En fin, en pocas palabras, te voy a contar mi historia.
Eran las 10.30 hs. de la mañana del domingo 21 de febrero de 2016, cuando recibí la terrible noticia de parte de uno de mis hermanos de que mi papá Horacio, mi héroe y estandarte, dejaba este mundo, producto de un paro cardíaco irreversible, mientras estaba paseando en bicicleta por las inmediaciones de la bella localidad de Alpa Corral. Inmediatamente, quedé obnubilado por la novedad. Caí desmayado en una calle céntrica de Río Cuarto (porque era domingo y estaba saliendo de misa). Unas personas que pasaban por ahí se acercaron a la brevedad para ayudarme y luego consolarme camino de regreso a casa. A la hora –y aún perplejo– salí rumbo a aquel entrañable pueblito serrano para darme con mi papá.
Una vez que llegué al dispensario, bajé apresurado del auto. La médica de guardia se me acercó y me invitó a pasar a la sala de urgencia para que reconociera el cuerpo… y al abrir la puerta, lo más triste que jamás vi en mi vida: ahí estaba él recostado. Nunca olvidaré su rostro inmóvil pero parsimonioso en la cama de aquella salita, como esperando por mí para darme el último adiós, mientras yo me desgarraba del dolor y del llanto.
Lo abracé y lo besé con seca amargura antes de que lo subieran a la ambulancia rumbo a la morgue de esta ciudad. Su cuerpo estaba frío y sus labios lastimados; pobrecito, probablemente se lastimó cuando se descompensó y cayó desde la bici. Yo seguía llorando desconsoladamente, al tiempo que le pedía perdón por todas las ofensas que pude haberle hecho en la vida y trataba de entender qué era lo que había pasado; me preguntaba por qué Dios había decidido llevárselo de esa manera tan estúpida.
Ese mismo día, en la funeraria, junto a su ataúd, contemplaba su rostro. Se veía tranquilo y en paz, hasta parecía que todas las arrugas que había acumulado por el paso de los años se hubiesen borrado de repente. Bien dicen que una vez que la muerte te sorprende, es cuando empiezas a vivir, y eso estaba haciendo él, emprendiendo el mejor de los viajes, a una nueva vida sin dolores, sufrimientos ni valijas, lleno de alegrías junto a Dios.
Sepan que en vida mi papá fue la persona más buena y noble, nunca guardó rencores y perdonó a todos los que lo ofendieron; siempre lo vi con “sudor en la frente” para complacer a su familia y amigos. Por eso, creo, todo el mundo lo quería.
Precisamente, en ese lugar, al pie de su féretro, hice un pacto con él, que espero aún lo recuerde, un pacto en silencio, únicamente entre nosotros dos. Cerré bien fuerte los ojos y mientras me inundaban las lágrimas del dolor le dije: “Papi, te prometo que nunca en lo que queda de mi vida me voy a olvidar ni siquiera un día de vos. Haré todo lo posible para que cuando llegue mi hora nos podamos fundir en un eterno abrazo, porque hoy lo que más quiero es estar a tu lado, nada más me importa”. Desde ese momento supe que él siempre estaría escuchando cada palabra que yo le dijera.
Vino el momento más doloroso: el entierro. El sacerdote le dio la bendición sacramental y con mi familia nos unimos en un abrazo lleno de calor fraternal.
Los días en casa se me hacían muy difíciles, la impotencia y la desolación me invadían por doquier; pensaba: ¿qué voy a hacer ahora sin vos? Ya no voy a verte, ya no voy a escuchar tus consejos, ya no voy a poder estrecharte ese fuerte abrazo que siempre quise darte… ¿cómo hacer para seguir así? Es que él era mi guía y, aunque no lo creyó nunca, era fuerza de mi fuerza.
Hoy se cumple un aniversario más de su partida y es difícil no sentir aún el dolor que me produce el no escuchar el tono de su voz llamándome por mi nombre, o el tecleo de su computadora durante el trabajo.
Han pasado velozmente dos años y de veras… ¡cómo vuela el tiempo! Parece que fue ayer. Ya estoy casado y esperando mi primer hijo (su tercer nieto), que se llamará Mateo. Estoy seguro de que Mateo será grandioso como su abuelo, una gran persona que llevará su sello, marcado en sus piernitas para ser el goleador que fue, o en el color de sus ojos celeste turquesa, o en su inteligencia tan particular. La verdad es que no importa la cualidad que sea, pues bastará que sepa lo extraordinario que fue el papá de su papá.
Bien dicen que el tiempo todo lo cura. Y así fue, pues luego de transitar la negación, la ira, la negociación y la depresión, llegó la aceptación. Una aceptación que para mí significó tenerlo presente todos los días.
Es cierto –y debo decirlo– que Dios me robó de un soplo el tiempo que me faltó estar con él, aunque creo que no es del todo verdad, ya que las personas están en este mundo el tiempo que deben estar, ni más ni menos, para cumplir un propósito; pero parece que cuando alguien que amas se va, quedan tantas cosas por decir que nunca se dijeron, tantas cosas por hacer que nunca se hicieron. El caso es que el vacío que dejó fue inmenso.
Pero ahora sé algo que en ese momento no comprendía y que me costó un largo año entender después de su partida: aunque ya no esté conmigo físicamente, está en espíritu, porque gracias a él conseguí cosas que por mucho tiempo pedí y que nadie parecía escuchar; se lo pedía a papá e inmediatamente se daban. Sepan que hoy es mi ángel guardián, el que está a mi lado todo el tiempo, y pese a que nadie quiera creerme, así lo siento.
Gracias por todas las enseñanzas que aprendí de mi papá y por todo el cariño que me dio sin esperar nada a cambio; a dos años de su muerte, lo siento más que nunca unido a mí.
Agradezco y honro el tiempo que me fue prestado; ese tiempo que pasó lento en mi infancia y como un rayo en mi adultez fue el suficiente para pertenecernos y amarnos a nuestra manera.
Querido lector, me despido sabiendo que tarde o temprano me volveré a encontrar con él. ¡Te quiero mucho, papi!