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Periódico de distribución gratuita. Año 523 - N° 523 - JULIO 2018

Corrupción incurable

Política

2018-03-02 | Hace ya dos años que no hago más que abrir los diarios y encontrar un nuevo caso de corrupción. En realidad, estoy harto. Pero no harto de que lo hagan público. Eso me parece bien, y ojalá los jueces (que colaboraron con la corrupción) decidan finalmente que su “negocio” es condenar a muchos. Yo estoy harto con el periodismo y los políticos. Como lo presentan ellos, “corrupción” es solo lo que han hecho los K. Y si eso es así entonces es excepción y no regla. Y la realidad es que yo no recuerdo ningún gobierno argentino donde no hubiera algún caso (o muchos) de corrupción: el almirante Massera y sus “negocios”, Alfonsín y los pollos de Mazzorín, Carlitos y sus miles de millones de dólares, De la Rúa y su Banelco, el FREPASO y el caso Bodega, y los sempiternos K. Entonces, ¿corrupción es cosa de políticos?
Nyet, tovarich. Corrupción es cosa del capitalismo. Es normal ser corrupto para el capitalismo, lo que hay que hacer es regularlo para que no exageren y ponga en peligro el sistema; digamos, el problema con los K no es que son ladrones, sino que son ladrones desaforados y en su voracidad ponen en peligro la tasa de ganancia del conjunto. De hecho, esto es lo que está detrás de la famosa frase “roba, pero hace”. Esto deberíamos entenderlo: no es la gente la corrupta sino el sistema, y es el sistema el que educa a la gente para que sea corrupta.
No fue siempre así. Aníbal Villaflor, fue obrero e intendente peronista de Avellaneda en 1946, y cuando terminó su mandato volvió a trabajar en la fábrica. Oscar Alende fue gobernador de la provincia de Buenos Aires y diputado durante años. Murió en la casa de Banfield donde nació. Campora fue Presidente, y nunca tuvo un peso. Cuando murió Raúl Alfonsín, Osvaldo Bayer dijo “fue honesto, lo cual no es poco”. Ante la corrupción del gobierno de De la Rua, Chacho Alvarez renunció a la vicepresidencia de la Nación. La frase “mijo el dotor” reflejaba que estudiando se podía mejorar la vida y los estudios eran recompensados. Mi Nonno trabajó como perro para que sus hijos tuvieran una educación y mejor vida, y no robó jamás. No más. Hoy en día los papis mandan a los hijos a estudiar a lugares donde la formación puede ser pésima, pero “se van a conectar”. La movilidad social es producto de las conexiones y no de la capacidad e inteligencia. ¿Cómo piensan que el rabino Bergman se convirtió en Ministro de Ambiente o Triaca en el de Trabajo si ninguno de los dos tiene un solo antecedente en su tema? Pero miento, Triaca fue consultor de bancos y es hijo de Triaca el sindicalista que colaboró con la dictadura del 76. Qué antecedente para ser ministro de un gobierno electo.
Todo esto implica un cambio profundo en la cultura del trabajo que ha ocurrido en la Argentina en los últimos 30 años, desde la época de Carlitos Menem y se profundizó muchísimo con los K. Los sectores medios, ante las reiteradas crisis, se refugian en el Estado donde pueden trabajar poco y ganar un salario que, en el peor de los casos, complementa lo que hacen en el ámbito privado. Hoy hay una cultura de corrupción: se nombran funcionarios que no saben nada del área donde se desempeñan, o al farmacéutico enseñando química y biología en la universidad nacional, o a la prima del intendente convertida en directora de escuela. Ni hablar de que tipos que nunca llevaron adelante un kiosko se convierten, de la noche a la mañana en Ministros de Economía. Todos los gobiernos y todos los políticos, cuando acceden a un cargo, llevan a familiares, amigos, conocidos, adherentes al Estado. Todos esperamos que si entra “un amigo” nos tire “un hueso”.
Entre la clase obrera también han surgido nuevos criterios. Entre los trece y los 30 añitos fui laburante: limpié un gimnasio a la salida de la escuela, fui ayudante de albañil, automotriz, pulidor de oro, y obrero gráfico. En esa época, lo peor para nosotros era el obrero que trabajaba de más, porque subía el ritmo de producción para todos, y el que se tiraba a chanta porque el resto lo teníamos que cubrir. No solo no nos gustaban los olfas y los vagos, sino que valorábamos a los que tenían mucho oficio y sabían enseñarlo. Hoy en día es como que todos se han metido para adentro y los vagos son tolerados. De hecho, si la patronal raja a alguno, los compañeros se movilizan en “defensa de la fuente de trabajo”. Muchos han abandonado el reclamo por un salario digno y la jornada de ocho horas, y luchan para mantener las horas extra o los bolsones de comida que reparte la patronal. Y así contribuyen a mantener la sobreexplotación capitalista. Ni hablar de que ser activista del sindicato equivale a dejar de trabajar. El ejemplo de Tosco, que como secretario general de Luz y Fuerza de Córdoba seguía yendo al taller, se convirtió en algo anecdótico.
Me cuesta muy mucho entender la lógica del capitalismo argentino, y eso que aprobé varias materias de economía. Ni Smith, ni Ricardo, Von Hayek, Friedman o Schumpeter han escrito nada que ilumine ni siquiera un poquitito al capitalismo argentino. Recuerdo en la década de 1980 cuando varias multinacionales mandaban gente a la Argentina para ver cómo nuestros empresarios hacían para mantener semejante tasa de ganancia en condiciones de hiperinflación y miseria. En los ’90 fue aun peor. Por ejemplo, el 26 de mayo de 1997, el “gran diario argentino” (o sea Klarín) informó que “ALUAR hacía ganancias de 120 millones de dólares por año luego de una inversión de 310 millones”. Esto generó sólo 70 nuevos empleos; después de reducir el personal de 1300 a 950 y aumentaron 30% la productividad. Un tiempo después (2 de julio de 2001) Página 12 explicaba que: “La tasa de ganancia de las telefónicas en Argentina es récord mundial. Telefónica de España gana por encima del 15% anual mientras que en su propio país recibe el 3,89%. Telecom, cuya ganancia es similar en Argentina, recibe sólo el 5% en Francia.” Y explicaba que una empresa industrial tenía una ganancia de 31% sobre capital invertido; una empresa de servicios 42%. Todo mucho antes que los yanquis con Reagan se volcaran a la especulación financiera. Mah qué India, China o Estados Unidos; la Argentina y sus empresarios la tienen clara.
Así, el precio del petróleo cae en todo el mundo, pero en la Argentina sube la nafta y los precios no hacen más que aumentar en dólares. ¿Cuál es la lógica? Como no entiendo, entonces me voy a charlar con mi vecino Blas que es un desafío a la Universidad de Buenos Aires: muy católico pero crítico de la Iglesia, obrero hijo de obreros, que no terminó el secundario, construyó una pequeña empresa de premoldeados con sus hijos. Cada vez que hacemos un asadito, yo le tiro la lengua y él me explica con abundancia de ejemplos.
¿Cómo hacen guita los grandes empresarios cordobeses? Saqueando al Estado (o sea a nosotros que somos los que terminamos pagando todo): contratos truchos, sobrefacturación, subsidios, y otras cosas. Por ejemplo, uno de los grandes empresarios en mi zona hizo fortuna “pinchando” el gasoducto de YPF y robando el petróleo. Obvio que no pasó nada. Bueno, en realidad si pasó: el empresario compró campos, estaciones de servicios y pilas de otras cosas. O si no, hace unos años explotó la usina eléctrica de mi pueblo y casi nos mató a todos. Resulta que habían hecho una segunda usina (que funcionan a gas) pero no modificaron el gasoducto que ahora llevaba el doble de presión. Todo para mejorar la ganancia. Otro ejemplo es teniendo cash, ningún empresario la gasta. Lo que se hace es sacar un préstamo, sobre todo en los bancos provinciales o el Nación que luego no se paga; arreglas un plan de pagos, pagas dos cuotas y dejas de pagar. Una transferencia de guita de nuestros bolsillos (la guita de esos bancos sale de nuestros impuestos) al de ellos, sin riesgo, sin inversión, y sin laburar.
Ni hablar de las concesionarias de autos. Uno compra un auto cero kilómetros y se imagina que recién salió de la fábrica. Equivocado, pibe. Lo mismo que si uno compra un cochecito nuevo, te dicen que hay meses de espera. Faltan coches, piensa uno. Don Blas me explica que nada menos cierto. Primero porque pueden tener miles de autos esperando que suba el precio; segundo que tanto la fábrica como la concesionaria juegan a facturar en diversos momentos de manera de (a) pagar el menor IVA posible, y (b) hacer la mayor diferencia entre costo y precio. Segundo, el coche “último modelo” puede haber salido de la fábrica hace un par de años. Eso quiere decir que estuvo sentado en diversas playas (si tenes suerte tenía un techito) al sol y lluvia con todo lo que eso significa; entre otras cosas, tiene una pila de kilómetros porque lo pasaron de un lado a otro, amén de que por ahí el vendedor lo usó para salir de joda. Eso sí, le dan una mano de cera antes de mostrártelo. Tercero, si quieres el coche “cero” sin esperar, entonces a cambio de un módico aumento de precio (digamos 30%) de repente “aparece” y te lo “traen mañana o pasado”. Cuarto, y ¿qué pasa si cae granizo y destruye parcialmente 300 autos ya que no ibas a gastar en ponerles un techito? ¿Qué pasa? Nada, o mejor dicho, mucho: hacen un arreglo con la aseguradora que acepta “destrucción total”, a cambio no tiran los coches, los “arreglan” y los venden al precio original como si fueran cero kilómetros. La aseguradora (o el vendedor que hace el arreglo) se lleva, digamos, 40%, la concesionaria hace el 60% más toda la guita del seguro. ¿Y el comprador? Ese se jode cuando, a los seis meses, descubre que su autito “nuevo” viene con una “falla de fábrica”. De ahí al mecánico, hasta que harto lo vende como “usado” (al 40% de su valor que será revendido como en “buen estado” al doble del precio “usado”) y se compra otro “nuevo” y el ciclo empieza otra vez. Son genios. A mí no se me había ni ocurrido. Claro, ahora miro con desconfianza al coche de mi mujer (por suerte yo no manejo).
Y mientras Blas me explica todo esto, su media naranja, “la Tere”, me explica el “Teorema Teresita de la economía empresarial argentina”: cada vez que surge un buen negocio, de calidad, a precios decentes, a los tres meses baja la calidad y suben los precios. O sea, una vez que se corrió la bola, te engancharon y ahora se dedican a saquearte. Sin desperdicio.
Y si uno lo piensa un poco, la lógica local es un desafío permanente a todos los pensadores económicos del mundo. Por ejemplo, la tasa de morosidad de préstamos personales en la Argentina es de las más altas del mundo. Con este antecedente, si sos pagador y tenes poca deuda, la lógica diría que aumenta la cantidad que están dispuestos a prestarte y baja la tasa de interés. Por ejemplo, mi hermana tiene cuenta en el Citibank de Nueva York donde la tasa hipotecaria era 2% anual, y la de préstamos 8%. No en la Argentina. Yo tengo cuenta en esa gran institución española que es el Banco Santander. No les debo un peso; y si uso la tarjeta pago religiosamente la deuda todos los meses (ya sé, soy un boludo). Hace seis meses me ofrecieron un préstamo “personal” (porque me aman) al 28%, el otro día me llegó la nueva oferta de un súper préstamo, pero ahora al 38%. Supongo que es “por la inflación”. Estos pibes piensan que en vez de bajar las tasas para que podamos pagar, las suben para “cubrirse” por los que no pagan (muchos de los cuales si tienen guita y son los empresarios que expliqué más arriba). Ni hablar de cuando te dice un comercio “seis cuotas sin interés”. En realidad, es sin interés del comercio que se hace con la guita que le paga la tarjeta ipso facto, pero la tarjeta te sacude como loco. ¿No me creen? Miren la letra fina.
¿Confuso? Imaginen mi cabeza mientras Blas me explicaba, en forma realmente didáctica, y mejor que cualquier economista. Él repetía: “Ningún empresario hace ganancia vendiendo, la hace especulando. Por eso cuando los ministros hablan de la confianza empresarial es verso, no tiene nada que ver con nada”. Ahí se metió mi mujer, haciendo alianzas espurias, y pasó a preguntarme por qué pensaba yo que una noche en las sierras de Córdoba para los cuatro Pozzis salía 3000 pesos, en ese momento unos U$150, mientras que hace dos años en una playa mexicana, con hotel “orgánico”, desayuno y mar espectacular, pagamos 90. Como soy obtuso le dije: “Yyy porque hay gente que lo paga”. Nah, cuando hay mala temporada, los precios no bajan ni un centavo. Y, ¿por qué no bajaron los precios? Porque el capitalismo argentino ha desenganchado costos de precios. Los costos no tienen nada que ver con los precios. Lo que los determina es cuánto quiere ganar el empresario. En mis épocas de obrero gráfico el precio de un libro era cinco veces el costo (40% para el librero, 20% para el distribuidor, 10% para el autor, 20% era el costo, y quedaba 10% para el editor). No más. Un día me dijo un amigo editor, ante lo que me parecía una barbaridad de precio de un libro: “Yyyy, aguanta”. La verdad es que tenía razón, se vendía igual. Sobre todo, porque si lo querías lo comprabas y si no, no importa porque la ganancia estaba asegurada por otro lado y no por las ventas que son “yapa” o sea un extra.
En síntesis, si todos los obreros automotrices de la Argentina recibieran un 100% de aumento salarial, ¿cuánto incide esto en el precio final del automóvil que producen? No más de un 2%. Otra vez: DOS POR CIENTO. Y entonces ¿por qué tanto escándalo con que los aumentos salariales alimentan la inflación si en realidad impactan poco en los precios? Porque es dos por ciento menos de ganancia que se embolsa el empresario. Dos por ciento es poquito a cambio de la paz laboral y que se interrumpa la producción. A menos que tu negocio no sea producir sino especular (en cuyo caso te importa poco que hagan huelga excepto para tratar de sacarle más plata y subsidios al Estado), y el dos por ciento es parte de tu liquidez para jugar en la ruleta capitalista. Pero, además, como casi todos los burócratas sindicales son en realidad empresarios, entonces son “razonables” y llaman a no pedir demasiado aumento salarial (no sea que incida en “su” tasa de ganancia). Y sólo quedan los rojillos quilomberos de siempre, y por suerte tenemos el Estado para ellos. Como dijo Juan Bautista Alberdi: “El estado se creó para defender a los que tienen de los que no tienen.” Y, diría Blas, para mantener un sistema corrupto e incurable. Los corruptos son los políticos, los sindicalistas, los empresarios, y todo el que quiera sobrevivir en este buen país. Hacer las cosas “por derecha” es meterse en líos sin fin. Cristina es corrupta, Moyano también, ni hablar de Macri y sus amigos, y también los profes de ética en la universidad. Para curar la corrupción, hay que cambiar el sistema.