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Periódico de distribución gratuita. Año 529 - N° 529 - OCTUBRE 2018

Cada día hay más riqueza en el mundo, y cada día la familia obrera es más pobre

Escribe Pablo Pozzi Historiador de la UBA

Información general

2018-04-27 | Hace ya casi 20 años, en 1986, que me encontré casi accidentalmente en Estados Unidos, en la ciudad de Chicago. Era la primera vez que me encontraba allí y era, al mismo tiempo, una de las grandes fechas históricas de la clase obrera mundial: se cumplían 100 años del primer Primero de Mayo, día internacional de los trabajadores. Para mí esto era algo muy fuerte puesto que como socialista y ex obrero mecánico y gráfico me había forjado en la conmemoración de un Primero de Mayo combativo.
Emocionado hasta la médula, decidí que tenía que sí o sí ir a hacer el debido peregrinaje a la Plaza Haymarket, donde socialistas y anarquistas se habían movilizado en demanda de la jornada laboral de ocho horas sólo para encontrar la represión despiadada. Fue durante de la movilización obrera que una bomba explotó en medio de las filas de la policía la cual arremetió con los obreros, deteniendo a ocho dirigentes que serían condenados al patíbulo cuatro años más tarde a pesar de la protesta de los trabajadores a través del mundo. Muchísimos años más tarde el gobierno norteamericano finalmente admitió que la bomba la había lanzado un provocador policial.
Poniendo manos a la obra me puse a buscar la plaza de los Mártires de Chicago. Busqué en los mapas de la ciudad para no encontrar nada; le pregunté al conserje del hotel, que me miró como si me hubiera tomado unos vinos de más; me fui a una agencia de turismo (suponiendo que en la tierra de los tours y de Disney seguro que algún capitalista haría plata llevando turistas a uno de los lugares más históricos del movimiento obrero mundial), y nada. Finalmente, me encaminé a una sede sindical donde me explicaron que el día de los trabajadores (por lo menos en Estados Unidos) era el primer lunes de septiembre. No entendía nada, hasta que, en medio de mi confusión, me escuchó un viejo obrero comunista que me dio las indicaciones necesarias.

Eufórico me encaminé hacia la Plaza Haymarket que es un lugar pequeño, y como corresponde, en medio de galpones y talleres. Ya anochecía cuando entré a la plaza y emocionado divisé, en una punta, una estatua. Al acercarme descubrí que era una estatua a... la policía. Un botonazo en uniforme de aquella época alzaba la mano empuñando un bastón represor y al pie decía “Alto, en nombre de la ley”. Me quedé un rato aturdido hasta que noté que la estatua estaba en muy mal estado y alguien la había pintado con una “A” anarquista.
Al día siguiente, buscando una explicación, ubiqué a un conocido anarquista para que me explicara lo de la “A”. Me dijo que los anarcos norteamericanos, periódicamente, le ponían una bomba y la municipalidad la reconstruía. En ese momento se debatía en el consejo deliberante de Chicago una propuesta para trasladar la estatua a la comisaría más cercana (la propuesta no prosperó y la estatua a la policía sigue en medio de una de las plazas más importante para la clase obrera).

Esa experiencia me hizo reflexionar sobre la historia, la memoria, el ayer y el hoy de los trabajadores. La clase obrera norteamericana es la única que no conmemora el Primero de Mayo; de hecho, ni siquiera sabe que fue protagonista de una fecha tan importante para la humanidad. La burguesía cambió el día del trabajador en ese país a uno sin fecha (el primer lunes de septiembre) y sin significado; de hecho, es el día en el cual la patronal y los sindicatos colaboracionistas hacen un picnic para sus empleados y obreros. La lucha por la jornada de ocho horas desapareció de los libros de historia. Albert Parsons, socialista y revolucionario, el principal líder obrero de aquella jornada histórica ha sido casi olvidado en su propio país. Su esposa, Lucía Parsons, mexicana y fundadora de la IWW y del Partido Comunista, no es ni mencionada (y no sólo por comunista sino porque en un país “democrático” era ilegal, hasta hace unas décadas, que una mexicana se casara con un anglosajón... los Parsons fueron revolucionarios hasta en eso, su vida misma cuestionó el racismo capitalista). Y a pesar del olvido la estatua sigue en la plaza por que la burguesía tiene muy en claro que la memoria y los símbolos pueden ayudar a despertar la conciencia y a movilizar a los trabajadores en defensa de sus derechos.
En aquel entonces Parsons y sus compañeros eran miembros de un poderosísimo sindicato clandestino que unía a obreros de todas las industrias. Ese sindicato, llamado la Muy Sagrada Orden de los Caballeros del Trabajo (nótese cómo veían al trabajo y al trabajador como algo noble) fue el gremio más grande en la historia norteamericana y desapareció debido a la represión después de 1886. Los Caballeros, de acuerdo con la Segunda Internacional, se lanzaron denodadamente a la lucha para obtener la jornada de ocho horas. La consigna de aquel entonces era “ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar, y ocho horas para hacer lo que queramos”. Recordemos que si bien la iglesia y la burguesía siempre hablan de la familia, fueron los trabajadores como Parsons los que dieron su sangre para que el obrero común tuviera el tiempo para poder criar y estar con sus hijos.

Hoy en día la lucha es por la jornada de las seis horas con el mismo o mayor salario. En parte esto es así porque a menos horas más puestos de trabajo. Pero mucho, mucho más aun. Si ayer se reclamaban ocho horas para poder estar con la familia, para educarse, para poder vivir hoy reclamamos seis horas para lo mismo, y también para poder pensar y para poder disfrutar de los frutos de nuestro trabajo. Nunca antes la productividad por hora trabajada de un obrero fue tan alta, y nunca antes se le pagó tan poco. El nivel de explotación es tan alto que generaciones enteras han sido embrutecidas mientras nuestras familias se destruyen porque los padres no están nunca con los hijos. Al igual que Parsons y los Caballeros en 1886, hoy reclamamos la jornada de seis horas no por vagos ni por egoístas, sino porque esa jornada implica un mejor futuro para nuestros hijos, porque implica que vamos a poder educarnos, por que es la forma en la que podremos disfrutar del producto cada vez mayor de nuestros esfuerzos. Cada día hay más riqueza en el mundo, y cada día la familia obrera es más pobre. La jornada de seis horas es una de las herramientas para revertir eso.
La burguesía sabe esto muy bien. Por eso tratan por todos los medios que los obreros se olviden del verdadero significado del Primero de Mayo. En Estados Unidos lo han censurado y borrado de la memoria colectiva; en la Argentina intentan que sea un día de fiesta como si tuviéramos algo que celebrar. Acortar la jornada laboral implica que tendremos tiempo para educarnos y educar a nuestros hijos, y un obrero instruido y con tiempo para pensar y reflexionar es un obrero libre.