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Periódico de distribución gratuita. Año Edicio - N° 0 - OCTUBRE 2019

Cuba, un viaje perfecto

Otro Punto se fue por el mundo

Internacional

2019-06-27 | Desde que volví de Cuba, al menos una vez al día, pienso ¿qué estaría haciendo en este momento si estuviese en la isla de Fidel?
Y me descubro sonriendo, recordando una tarde perfecta. Sentada después de un día de playa en el bar del Hotel Meliá, al aire libre, tomando un jugo, mientras una chica toca en el saxo A mi Manera nada más que para nosotros. Aislados del mundo, a pocos metros del mar y en familia.
Fue un viaje soñado, impecable, maravilloso. Y sobre todo bien organizado gracias a la gente de Garro Travels, y esto no es una publicidad encubierta, es lo que fue.
Supongo que para muchos ir a Cuba es como para los adolescentes ir a Disney. Cuba, la de la revolución, la de la utopía, la de las playas más lindas del mundo, la del daikiri y los museos, la de la lucha y la alegría.
No fue un viaje de aventura, más bien burgués, porque no nos cargamos con una mochila para recorrer la selva ni nos alojamos en la casa de algún cubano generoso para mamar desde adentro la vida de un pueblo lleno de paradojas y contradicciones.
Nos alojamos en dos hoteles divinos con camas impecablemente blancas, con paisajes extraordinarios y las comodidades del primer mundo a pesar del bloqueo. Pero pudimos aprovechar cada minuto para explorar una isla espléndida habitada por un pueblo sacrificado pero no por eso menos feliz.

Primer parada, La Habana. La queres caminar toda pero el tiempo no alcanza. En cada esquina hay una postal. Turistas y cubanos transitan La Habana vieja donde se mezclan los edificios históricos recién refaccionados con otros que parecen que se caen en cualquier momento. La historia está viva todavía, no se resiste a abandonar la isla, y el Che nos saluda en cada vidriera.
Los autos nuevos y los viejos se mezclan en el tránsito. Y la experiencia de recorrer la ciudad en un Chevrolet descapotable modelo 1950 rojo, azul o rosa brillante, con un cubano que te va contando la historia y la realidad de su pueblo, se vuelve una obligación.
Y así nos subimos a uno que nos lleva a la casa donde vivía el Che, al Capitolio, a un parque magnífico donde Batista hacia fiestas fastuosas, a La Catedral, al Malecón, al Museo de la Revolución.
Revolución, una palabra que se escucha a cada rato mientras caminas por La Habana.
¿Y Fidel dónde vivía? Nosotros no lo sabemos –dice el conductor- era en un finca de varias hectáreas pero muy pocos son los que tienen acceso a ese lugar.
-¿Y los autos nuevos de quién son? De los funcionarios o de los extranjeros que vienen a trabajar a Cuba, responde.
-¿Y ahora te podes ir a otro país si quisieras? Poder, podes, pero se necesita mucho dinero, tarjetas, garantías de que vas a volver. Sólo los que tienen familia afuera pueden salir.
Antes de tomar el viejo auto para recorrer la ciudad, paseamos por El Malecón. Algunas parejas de enamorados, pescadores, un viejo dormido al sol y turistas charlan caminando por el suelo cubano. No hace calor, el canto del mar y el viento te refrescan el cuerpo. Cada tanto una escultura rompe con la chatura de El Malecón. Foto obligada. Caminamos hasta el puerto y el mercado. No damos más. Tomamos el auto.
No hay carteles de publicidad. Sólo mensajes de fidelidad al comandante y a la revolución.
Hay lugares a los que no se puede dejar de ir: El Floridita es uno de ellos. Tiene más de cien años y acodado en la barra está la estatua del escritor Ernest Hemingway, quien era habitué del lugar donde sirven los daikiris más ricos del mundo. Una cubana y su grupo cantan llenándote el corazón como si te conocieran de toda la vida. Se escuchan todos los idiomas, franceses, polacos, rusos, chinos, alemanes. El mundo está en Cuba.
Después de recorrer la Calle Obispo decidimos aceptar alguna de las tantas invitaciones para entrar a comer en un paladar. Pasamos por una escalera media derruída, atravesamos la cocina y terminamos en un balcón donde una lagartija atrevida se posa sobre la mesa. Aquí también hay música en vivo a pesar de que hay solo dos mesas ocupadas. Cervecita fresca, carne de cerdo, arroz y salsas coloridas para degustar una comida típica.
Seguimos caminando. De un lado de la avenida edificios magníficos, del otro la oscuridad, una mesa con parroquianos jugando al dominó, una casa con la puerta abierta por donde se escapa el olor a frituras. ¿Será seguro andar por aquí? Sí, absolutamente. Un cubano nos dice que andamos por la ciudad más segura del mundo. “Aquí no hay delito”, nos dice un taxista. ¿Por qué? “Porque aquí nadie anda armado ni con drogas. Si te agarra la policía con un cuchillo o un revólver vas directo a la cárcel por unos cuantos años”. Y nadie quiere arriesgarse.
La segunda noche en La Habana tiene destino internacional. El Tropicana, uno de los cabarets más exóticos del mundo. En el medio de un bosque frondoso un enorme cartel te da la bienvenida. Comemos en un restaurante de cristal donde el límite lo ponen las plantas que lo rodean. Lo más espectacular viene de postre, cuando vas a ver el espectáculo musical bajo el firmamento. Una sorpresa tras otra. Orquesta en vivo, cantantes, bailarines, trajes brillantes y acróbatas que aparecen y desaparecen en el medio del frondoso escenario natural. No sabes de dónde va a salir el próximo artista mientras una botella de ron y otra de Coca se van consumiendo sin darte cuenta. ¿Pero si yo nunca tomo ron por qué me parece que lo he tomado toda mi vida? Es la magia de El Tropicana.
Cuando volvemos el Chevrolet descapotable modelo 50 nos está esperando para llevarnos al hotel Habana Tryp, de 25 pisos, cerca de El Malecón y con vista a la ciudad y al mar. Su fachada es identificada con un gran mural de cerámica de la reconocida pintora cubana Amelia Peláez. Nos cuentan que allí se alojó Fidel y el Che cuando llegaron a la ciudad. No podemos entrar a su habitación porque la están remodelando. Es difícil abandonarlo para salir a recorrer la ciudad. No sabemos si quedarnos a disfrutar de la piscina, tomarnos un cafecito en el gigantesco hall de entradas o buscar otro destino en la ciudad. Hasta te da ganas de quedarte en la enorme habitación leyendo un libro mientras miras la ciudad desde el balcón. Es que nos queremos quedar en todos lados. Pero, claro, no se puede. Hay que elegir.
El Museo de la Revolución cargado de historia con sus mármoles, incrustaciones de oro, arañas gigantescas y los restos de historia viva. Ahí se encuentra la barcaza Granma con la que Fidel y el Che llegaron a Cuba en 1956 para empezar la revolución en el territorio. ¿Cómo habrán sido esos días y noches de navegación de estos jóvenes revolucionarios hasta llegar a destino después de siete días en el mar?
Pasamos por la Fortaleza de San Carlos, una enorme fortaleza militar construida por España (los trabajos terminaron en 1774) y que continúa con la tradición de disparar un cañonazo a las 9 de la noche cuando se avisaba sobre el retiro de la cadena que cerraba el puerto. Allí se instaló el Che a comienzos de la revolución.
Pasamos por la puerta pero no pudimos entrar al Cementerio que data de 1854 y donde hay verdaderas obras de arte arquitectónicas. Una lástima, pero el tiempo es tirano.
-¿Y en La Habana vive la familia del Che?, le preguntamos a un cubano. “Claro. Ellos son intocables. Pueden hacer todo lo que muchos cubanos no pueden hacer”. Entre ese todo está una empresa de alquiler de motos.

Segunda parada, Varadero.
Hay que dejar La Habana rumbo a Varadero. La abandonamos con ganas de muchísimo más, pero las playas más hermosas del mundo nos esperan.
Y llegamos al Meliá Península. ¡Guau! ¡Qué hotel! Son un montón de dúplex blancos rodeados de palmeras, verde y caminitos que llevan a restaurantes, bares, la masajista, los puestos de artesanos o las canchas para practicar deportes. El nuestro –como la mayoría- está en un lugar estratégico. A veinte metros del mar y a treinta de la pileta. ¿Qué más se puede pedir?
Pasamos días maravillosos caminando por la playa, jugando con las olas, juntando caracolas, bailando salsa –o por lo menos intentándolo- practicando yoga, agua gim, estiramiento, snorker y bajo la sombrilla mirando el mar, pensando el mar, oliendo el mar.
¿Alguna vez tuvieron esa sensación de que no tenían que preocuparse por nada? Como si estuviesen en el paraíso.
Desayuno, mar, almuerzo, mar, merienda, mar, cena y bar con músicos en vivo. Frutas, ensaladas, carne asada, mojitos, daikiris, cerveza, jugos y todo lo que se puedan imaginar.
Lejos de todo y con todo lo que se necesita al alcance de las manos.
Son las vacaciones de la vida. Las mejores charlas familiares bajo la sombrilla. Mirando a la parejita de al lado que juega con sus hijos; escuchando lo lindo que habla un grupo de amigos franceses sin entender lo que dicen; sorprendiéndonos de una anciana que camina en toples; pisando la arena en la cancha de vóley, escuchando la música que explota desde un parlante.
Varadero tiene 22 kilómetros de playa y 55 hoteles. Sin embargo pareciera que estamos solos. A pura risa.
No perdemos oportunidad de hablar con los cubanos. Queremos saber todo y somos pesados con las preguntas pero parece que están acostumbrados. Así nos enteramos que en Cuba todos los chicos van a los mismos colegios, nada de públicos y privados. Después, cuando llega la Universidad puede haber divisiones pero no por recursos económicos sino por capacidades. Salud para todos. No se paga rentas, ni inmobiliario ni nada. Sólo agua y gas cuya tarifa es menor a un dólar. El enorme problema que tienen es el de los salarios que ronda los 20 o 30 dólares por mes, pero hay muchos cubanos que hoy encuentran la forma para aumentar sus ingresos. ¿Hay privilegiados? Sí, los que trabajan para el gobierno.
Todos odian a Trump y uno empieza a entender por qué. El presidente de los Estados Unidos hace todos los esfuerzos posibles para ahogarlos económicamente. Ahora les prohibió a los cruceros viajar a Cuba y lo mismo hizo con aeronaves y viajes individuales.
Y los que viven fuera de Cuba solo pueden mandar remesas de mil dólares cada tres meses. No conforme con ello también busca presionar a países europeos y asiáticos para que no envíen nada de nada ni hagan inversiones a la isla.

Cuba es contradictoria. No es perfecta, es hermosa en su paisaje, su historia y la felicidad y dignidad de su pueblo.
En la isla se encuentra todo lo que buscas y recoges las opiniones más dispares. Desde el alemán que se aburrió en el Museo de la Revolución hasta el argentino que se sienta en la plaza rememorando alguno de los discursos de Fidel en un primero de mayo.

Cuando Colón llegó a Cuba en 1942 escribió en su bítacora –sin saber que era Cuba- “esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”.
Y 500 años después el almirante sigue teniendo razón.

Alejandra Elstein